Dos bandadas de perdices y más
Aquí está, una nueva entrega de las historias del Tío Cebollas, esta historia me la contó un pariente suyo y mientras me la narraba, no podía dejar de sonreír ante la prodigiosa hazaña que estaba escuchando.
El Tío Cebollas, volvía al pueblo después de una jornada de cacería, había estado disparando y llevaba el zurrón lleno de caza, la canana estaba vacía y solamente le quedaba un cartucho en la escopeta.
De pronto le salieron juntos dos bandos de perdices, el Tío Cebollas apuntó y al disparar movió la escopeta en abanico con el fin de acertar al mayor número posible de perdices.
El Tío Cebollas no era de los que deja que se le vaya una alicortada, así que se desnudó y se tiro al río a nadar tras la perdiz, tras unas cuantas brazadas consiguió atrapar la perdiz huida y nado de vuelta a la orilla, donde había dejado el resto de la ropa.
Al salir del agua, cuál fue su sorpresa que por llevar puestos los calzoncillos, marianos o judíos, en aquellos años era una prenda corriente, el caso es que se le habían llenado de barbos, madrillas y carpas.
El Tío Cebollas no daba crédito a sus ojos ante tal cantidad de pesca, así que se puso a recogerlos en una cesta de mimbre que encontró en la orilla, pudo llenar la cesta, pero un barbo que se le había salido por la bragueta de los calzoncillos cayó al suelo, el Tío Cebollas lo pisó, resbaló, las piernas se le fueron al cielo y él se fue al suelo.
Al caer al suelo de culetazo, lo hizo sobre una liebre que allí estaba encamada, matándola en el acto.
Nunca un cartucho estuvo tan bien aprovechado pensó el Tío Cebollas, mientras se vestía y recogía la caza, las veinte perdices, la cesta con los barbos, carpas y madrillas y por supuesto la liebre.

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