El Bandido Cuatrouñe
No conozco la zona y no sé si se equivocó al nombrar la Val, porque a mí me suena Amposta, pero eso está en Tarragona, igual hay una Val entre Sástago y Azaila que se llama Emposta, en fin, os cuento la historia.
Hablando de bandidos, tengo que decir que en Val de Emposta, una zona al suroeste de Sástago, donde por la orografía del terreno está el camino más corto para ir a La Puebla de Hijar o Azaila, andando, en carro, o a lomos de un animal.
Los viajeros al ser de noche, solo veían las brasas encendidas de los cigarros en las manos de los espantapájaros, las sombras de las figuras a la luz de la luna hacían el resto, el miedo es libre, más aún al oír al bandido Cuatrouñe con voz potente decir:
-
Alto, sacar lo de valor y entregarlo.
-
Y vosotros, dirigiéndose a los “monchutes.”
- Quietos y no hagáis nada hasta que yo os lo mande.
Los pobres transeúntes, ante lo que veían y se figuraban, muertos de miedo ante lo que ellos creían una partida de bandidos, entregaban sus pertenencias sin rechistar no fuera que además de sus pertenencias les quitara otra cosa más preciada.
Ese fue el modus operandi del bandido Cuatrouñe, mientras duraron sus correrías por Val de Emposta, no se sabe exactamente cuántos años duraron los atracos, ni cuantos fueron.
Como todos los bandidos, tenía numerosos escondites para que no lo pillaran los picoletos. Unos dicen que se refugiaba en Pina de Ebro, otros en Gelsa y otros dicen que se refugiaba por los montes de la comarca, lo cierto es que tenía aterrorizados a todos los viandantes que circulaban por Val de Emposta.
Se cuenta, se dice, que un joven de Sástago que frecuentaba ese camino porque festejaba con una moza de La Puebla de Hijar, una vez, cuando volvía de visitarla a lomos de su caballo, una noche de luna llena, diviso a cierta distancia los espantapájaros dispuestos a ambos lados de la cuneta del camino y vio como un individuo les colocaba los cigarros en la mano, seguramente había oído el ruido que hacia el caballo y el bandido Cuatrouñe se disponía a atracarlo.
Desde ese día, cuando volvía de festejar con la novia, si se le acercaba a pedir agua algún caminante de por la zona de Val de Emposta, con una mano sacaba la bota o la cantimplora y con la otra sacaba la pistola, y mientras el sediento bebía agua lo apuntaba disimuladamente con la pistola, porque no se fiaba de lo que por esos lares caminaba.
Del bandido Cuatrouñe no se sabe si murió a manos de los picoletos, o simplemente se cansó de atracar viajeros por la zona de Val de Emposta y se fue a otros lugares a seguir robando a los transeúntes.
Relato
de: Mi amigo Simón

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