7 de diciembre de 2023

El Titanic

El hundimiento del Titanic


Frederick Fleet
era uno de los vigías de servicio la fatídica noche en que el Titanic se hundió. Fue él quien vio el iceberg y dio la alarma, algo que pagaría muy caro puesto que fue visto como sospechoso por no haber estado lo bastante atento.

 La madrugada del 14 al 15 de abril del año 1912 el mundo vivió con horror una de las mayores tragedias navales de la historia. Aquella noche naufragó en el Atlántico Norte el transatlántico británico Titanic, que realizaba su viaje inaugural desde Southampton, de donde había partido el 10 de abril, a Nueva York. En total, 1.514 de las 2.223 personas que viajaban en el buque fallecieron a causa del hundimiento del que hasta entonces era el mayor transatlántico jamás construido.

La causa del desastre del Titanic, orgullo de la compañía naviera White Star Lines, se ha atribuido históricamente y de forma prácticamente unánime al choque del Titanic contra un iceberg a las 23:40 horas del 14 de abril.

La colisión, ocurrida a unos 600 kilómetros al sur de Terranova, causó la apertura de varias vías de agua en el caso del buque, lo que provocó que se fuera hundiendo gradualmente por su parte delantera mientras la popa se iba elevando. En menos de 3 horas, el transatlántico se hundió completamente, con buena parte del pasaje atrapado en cubierta ante la falta de suficientes botes salvavidas.

No obstante, pese a esta versión oficial sobre la tragedia ocurrida la noche del 14 al 15 de abril de hace 106 años, en los últimos tiempos han surgido varias teorías alternativas sobre las causas finales de la tragedia.  La principal teoría conspirativa señala que el naufragio involucró a un famoso banquero, que estuvo a cargo de la construcción del barco. En su hambre de poder, habría hundido la embarcación más lujosa de la época para cobrar el dinero del seguro.






 

 


5 de diciembre de 2023

A Pluma y Pincel de Julio Izquierdo

Diciembre a la lumbre, leyendo poesía y admirando sus bellos cuadros, la mejor forma de pasar un rato, gracias a este gran poeta y pintor sastaguino.

A MI EBRO


Te escucho y te comprendo, río Ebro,

recostado en la paz de tu mejana.

Pasas grácil, sin prisa, atardeciendo

con un rumor que en ser laúd se afana.

 

Camuflado entre juncos te contemplo, río

y tu voz amorosa me conmueve.

Noto en el pecho un blanco escalofrío

cuando te intuyo en tu matriz de nieve.

 

Mañana estaré en el remanso lento

para charlar contigo frente a frente.

Necesito explicarte lo que siento

cuando me miras con esos ojos verdes.

 

 

A MI GOYA


Te envío Goya, desde mi ternura

un retemblar de intensas emociones,

un corazón repleto de pasiones

y por tu ausencia, un halo de amargura.

 

Tus pinceles marcaron tu andadura

en una España ahíta de cañones

convirtiendo fusiles y oraciones

en un mundo de horror y de locura.

 

En tus cuadros de negro delirante,

tus mendigos resisten su agonía

como último blasón dignificante.

 

Mas el cielo es hermoso todavía

y relumbra en un alba alucinante

porque tu lo dibujas cada día.

 

AL LIENZO EN BLANCO

Al lienzo blanco como la cellisca fría.
Sediento de armonías y ávido de aventuras.


Te burlas de mí, en mis fracasos,
con esa enorme boca rectangular siempre insatisfecha…
Siempre pidiendo más.


Pero yo me burlo de ti
cuando consigo convertirte en mar,
en arboleda, en cielo, en luz.


Cuando consigo que mezas flores
y te convierto en espejo de atardeceres.

Sólo siento que a veces no puedo saciar tu hambre,
no consigo calmar tu sed.

 

AMANECE EN EL EBRO


El Ebro juega a la comba

con los meandros del alba

y la Luna lo contempla,

desde su excelsa ventana.

 

Los árboles se despiertan

cuando la ribera canta,

y los juncos se estremecen

al desperezarse el agua.

 

El cornetín del jilguero

saluda a la madrugada,

y le da los “Buenos Días”

el sol con su voz dorada.

 

El Ebro se torna espejo

donde se peinan las hadas,

y mil pintores etéreos

en su lienzo azul las plasman.

 

Sensaciones que mi mente

revive cada mañana.

Sensaciones que este río

grabó para siempre en mi alma.

 

Cortesía de: Julio Izquierdo